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Los Códigos del Bosque es una instalación que parte de cuatro fotografías en blanco y negro de la sala en las que sobresale su columnata,
estas fotografías forman una primera serie de imágenes. Simplifiqué las fotos resaltando las columnas, forman una segunda serie. Traté
estas imágenes como si fueran texto para convertirlas en un posible código, convertido este código a su vez en imágenes lo uní al anterior,
formando así una tercera serie. Guardé estás imágenes en formato raw, un formato que no siempre guarda las características iniciales,
al abrir estos ficheros me dieron como resultado la cuarta serie. Abrí de nuevo estos ficheros manipulando sus
características y ello
dio como lugar una quinta serie. Todas estas series fueron guardadas en formato tif. Estas cinco series forman la obra.
Esta obra se mostró por primera vez al público durante la exposición: Los Códigos del Bosque en el Centro Cultural Villa de Móstoles,
Móstoles, Madrid, España, del 1 de diciembre de 2005 a 8 de enero de 2006.
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LA OBSERVACIÓN Y EL LOGRO Manuel Pérez-Petit
Normalmente el cronista se pregunta en tanto observa, y es que esto forma parte de su estar y de su ser en esto de vivir,
y es que ya sabe –a base de haberse ido enterando- que la experiencia y la diferencia se hallan en todas partes, que andan
por caminos que van de lo universal a lo concreto, que sin su presencia real y efectiva en medio del mundo, en el mismo mundo,
frente al mundo, contra el mundo o en cualquiera de las maneras imaginables e/y/o inimaginables que puedan existir, todo sería
otra cosa, no lo que conocemos, y así la vida es una interminable lista de preguntas que, a veces, no tienen respuesta pero que
siempre determinan lo que ha de hallarse, más allá de los calendarios, en los territorios para los que aún no se han fabricado
los relojes adecuados. Y en este camino, a veces –sólo a veces, menos mal- se llega a lo que de común y entrañable tenemos
todos –sin excepción, querámoslo o no, y está sin escribir el por qué de esto en el Libro de la vida- los seres humanos,
la experiencia y la diferencia se transforman en humus y revierten como lluvia en nuestras propias existencias. Y tampoco
tendríamos por qué celebrarlo por todo lo alto como un triunfo de nosotros mismos, sobre todo porque no se sabe dónde está
la clave de tanta magia.
La capacidad de observar es netamente humana: se observa lo que se puede, en la misma medida que no siempre que se mira se ve.
La clarividencia –aquella virtud que proviene de ver, no de mirar, mediante la cual cualquier ser humano podría ir más allá
de la mera visión de las cosas que le rodean y extraer verdades que no existen al alcance de los ojos- es una posible –sólo
posible- consecuencia de la capacidad de observación de cada uno. Y en ello está probablemente la clave del logro, en la mirada.
Como en Rembrandt o como en Rilke, el artista ve y mira y observa y saca sus propias conclusiones y da en la diana haciendo
cosas que no existen pero que por su propia naturaleza existen más aún que cualquiera de las cosas ya conocidas de antemano.
Y Antonio Alvarado está ahí, bebe de las mismas fuentes y emerge del mismo modo. Parece que no existiera, que nunca hubiera estado,
pero de sus manos nace auténtico fuego, y el fuego –ya se sabe- es uno de los elementos básicos y claves de la vida. Es sugestivo
y sorprendente, porque en esto de vivir cada uno su propia vida Antonio, como si llevara una armadura y a la vez estuviera en
carne viva –parece frío y hasta quizá, en algunas ocasiones, frívolo, pero en nada es nada de esto-, posee una clave propia:
se rebela, vive, mira, escudriña, descompone, encuentra, crea y pasa por encima, haciéndose poseedor de muchas claves, de aquello
que hace de la propia existencia algo en que se lastima todo tantas veces. Parece que no existiera pero está. Nadie que lo viera
por la calle diría: “Ahí va un artista”. No tiene pose. Está más por dentro que por fuera. Es, lo cual ya es bastante. Tiene la
capacidad de hacer inmutables muchas cosas. Ha descubierto la clave que sobrevivirá al hombre y al mundo: tiene la cabeza llena
de algoritmos matemáticos y afectos perdurables.
Antonio Alvarado es así, en persona y, sobre todo, en su obra. Indaga en códigos, opiniones, sensaciones y pócimas, y halla
claves y desentraña en su tarea no demasiadas pocas cosas. No en vano, va y nos dice: “El entorno que nos rodea distorsiona
la realidad”, desvelándonos la clave de su motor esencial de búsqueda. Puede resultar inverosímil pero es real. Y así, tiene
la capacidad de llegar al logro, lo cual hoy ya no está al alcance de cualquiera. Y esta capacidad, que es hija directa de la
observación, se traduce en una sencillez de formas y silencios, que aunque no es inaudita –pues nadie crea de la nada- tiene
la virtud en Antonio de hacerse cosa, objeto, llave, cosa trascendente impregnada de la inmanencia de lo que de común, nuevo y
antiguo y entrañable tenemos todos.
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