|
León
Ciudad castellana, con una bellísima catedral gótica que tiene una colección de vidrieras impresionante. En esta ciudad abandoné al Pera a su suerte durante varias horas, para visitar el MUSAC. Fue en aquí donde me encontré a Laura, mujer muy simpática e importante para mí en cuanto que trabaja en un centro cultural aun más importante que ella. Mientras que el Pera dormía la siesta yo decidí hacer una visita turística a la ciudad y visitar el museo de arte contemporáneo. Le dejé una nota en mi cama, citándole a las siete, y me marché. Llegué un poco tarde a la cita temiéndome que el Pera no me esperara. Debo decir en mi favor que le encontré en la explanada delante de la Catedral, junto con el Número uno, José Ramón y algún otro, con aspecto de perdido y me pareció percibir en él una especial alegría cuando me vio llegar. Aunque el ya había visitado la catedral me acompañó a mí a verla de nuevo y me dejó usar su diminuto catalejo para poder ver de cerca los detalles de las vidrieras. Durante esta visita tuve una idea para una instalación interactiva que no mencionaré por no haberla desarrollado todavía Dormimos en el albergue de peregrinos de las RRMM Benedictinas, albergue con dormitorios separados, para hombres, mujeres y matrimonios. Antes del toque de silencio las monjas invitaban a los peregrinos a orar con ellas. En pocos lugares tiene tanto éxito esta llamada a la oración. Una anciana monja, pero con unas dotes publicitarias portentosas nos introdujo en lo que teníamos que hacer para que nada fallara y para convencernos de la importancia de este momento, fue una plática tan agradable que sentí no haberme llevado la grabadora. Entramos en la capilla y empezaron las oraciones; ellas nos daban la pauta, unas veces nosotros les contestábamos y otras orábamos juntos. Cuando salimos de la capilla no sé si el Pera o el mismísimo Santiago me dijo: Siempre tienes que arreglártelas para ser el protagonista. Posiblemente tenga razón mi amigo Manuel. Durante la oración, creí entender que las hermanas nos habían dado la pauta para que nosotros empezáramos a rezar el Yo pecador y comencé a recitarlo, nadie me siguió, yo entendí que quizás me había equivocado, pero también entendí que no podía detenerme en medio de una oración por lo que en total soledad seguí recitándolo hasta su termino, una vez hube acabado, las monjas y el resto de los peregrinos, y yo con ellos, recitamos nuevamente el Yo pecador. Debo pensar, tal vez, que yo era el mayor pecador de entre los presentes y que Nuestra Señora quiso que hiciera penitencia públicamente y el doble que los demás. |